Origen: Italia
Año: 1961
Duración: 111 min.
Guión: Leo Benvenuti / V. Zurlini
Música: Mario Nascimbene
Intérpretes:
Claudia Cardinale (Aida Zepponi)
SINTESIS

Aida es una joven y hermosa bailarina de los barrios bajos de Milán. Pobre y algo inocente, es seducida por un chico rico de Parma. Pero después de este encuentro es abandonada. Intentando localizarle, Aida pregunta por él en la mansion en que vive su familia. Ante el desconsuelo y desamparo de la chica, el hermano del seductor, un adolescente de 16 años se apiada de ella y le ofrece su ayuda. Inevitablemente se enamora de ella…y no podemos culparlo.
Cardinale no confía en los hombres. Los hombres la han traicionado, la han dejado. Ella usa su seducción, pero hay que entenderla, es lo único que tiene. Y acepta la ayuda de este chico, al que hace jurar todo el tiempo para remarcar que la ayuda no es interesada, que no hay compromiso de dar nada a cambio. Para ella esto es una necesidad. Y confía, confía en este chico que todavía no es un hombre. El en cambio, no necesita pedirle nada. Y aquí es dónde aparece otra parte interesante para analizar de la película. Esta relación se nutre de la necesidad de ella y de la necesidad de ser necesitado de él. Cuando ella amaga con volver con su amigovio (Volonté), él se desespera. Va desesperado a la estación, la sigue, le miente. Le miente porque la necesita. Necesita ayudarla.
Los cuerpos de Perrin y Cardinale hablan más que cualquier escenografía. En la escena final, en la playa de Rimini, hay una tensión tremenda que nos conmueve. Sus gestos, la sintonía de sus movimientos, un hilo invisible que los une en el medio de tanto viento…ella lo acaricia. Si en algún momento pensamos en una relación de víctima-victimario, donde ella es la víctima de los hombres pero también la victimaria del chico enamorado, esto se vuelve más complejo al terminar la película. Ella parece estar con él finalmente. Pero es dejada una vez más. Al final es la historia de siempre. Jacques Perrin, probablemente sin ánimo de quererla ofender, hace el típico gesto de la clase a la que pertenece. Le deja un sobre a Claudia Cardinale. Punto final. Lo hace para ayudarla. Pero cómo la ayuda? De la única manera en que la diferencia clasista puede esgrimirse, dándole eso que es tan útil pero sentimentalmente inerte: dinero.
Zurlini cuenta que el personaje de Cardinale nació del encuentro casual con una modelo de una pequeña casa de modas. La modelo terminó siendo un personaje muy famoso pero ignoramos de quien se trata. Parece que esta mujer tenía una vida increíble que fascinó al director. Así que Zurlini tomó estos elementos y construyó una historía de ficción para introducir al personaje que ya tenía. Valerio Zurlini es un director de cine que no filmó demasiadas películas. Venía de una clase acomodada pero por su inserción en la vida bohemia, en el teatro, en las artes plásticas, tenía acceso a distintas realidades. Sabía muy bien que las barreras sociales son más fuertes que las fronteras que dividen algunos países.
La música utilizada por el director es de una expresividad tal que va más allá de subrayar alguna escena o dar la ambientación adecuada; es parte orgánica de la obra y nos transmite lo que les va pasando a los personajes de Cardinale y Perrin. Utiliza la Opera de Verdi a la que contrapone la musica leggera de los sesenta. Cuando Perrin observa a Cardinale bailar con un insoportable viejo verde, vemos como su cara se va transformando sutilmente. Pasa por la frustración, los celos, el enojo…todo mientras escuchamos a Celentano cantar “Impazzivo per te” (me vuelvo loco por vos). También aparecen otros cantantes de la época y Mina…la incomparable Mina con temas como “Il cielo in una stanza” o “tintarella di luna” que se hicieron muy populares en esos años. Como director, Zurlini muestra una carga expresiva perfectamente madura. Sus encuadres son pulidos, delicados, elegantes. Su cámara se aproxima en esa escena en la playa, pero no es invasiva. Acaricia sus personajes sin sacarle libertad a sus movimientos. Es una película de clima intimista, así que no hay movimientos veloces. Evita los fuera de foco, hay profundidad y un uso magistral de la fotografía.
En las películas que nos gustan siempre podemos elegir algún momento, alguna escena que queda en nuestra memoria. En la película de Zurlini, hay uno de esos momentos mágicos. Donde aparece el artista; cuando en una sola escena está todo el sentido del film. Es el momento en que Perrin pone en el tocadiscos un disco de Opera. Es el aria de “Aida” cantada por Beniamino Gigli y que resulta un homenaje chistoso, una broma para esa chica que invitó a su mansión, tan neoclásica, tan llena de lujos y al mismo tiempo tan vacía. Y es que esa chica, Claudia Cardinale, en la película se llama justamente Aida. Plano de Cardinale que baja glamorosamente por una escalinata en bata de baño, se anuda una toalla en el pelo mientras la cámara la sigue..espléndida, radiante, una Diosa. Mientras sigue bajando, el tenor canta los versos que resultan premonitorios de lo que sucederá más adelante. Zurlini deja a Cardinale y retoma a Perrin en un largo primer plano: el juego, la broma, se transforma en hechizo. En la cara de Perrin se dibuja la contemplación, la fascinación, la fantasía, los sueños que se entremezclan con los del director. Zurlini es un lírico y alcanza ya con esta escena para que la película merezca ser vista. Créanme, es inolvidable. Nunca la Cardinale estuvo tan linda en el cine como en esta escena y eso es mucho decir. Verla es enamorarse. Y si Verdi viviera, también se enamoraría…
Javier Conigliaro




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